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Fotos de María Antonieta - Reina de Francia

 

María Antonieta a los 7 años por Martin van der Meytens


María Antonia Josefa Juana de Habsburgo-Lorena (Viena, 2 de noviembre de 1755 – París, 16 de octubre de 1793), más conocida bajo el nombre de María Antonieta de Austria, princesa real de Hungría y de Bohemia, archiduquesa de Austria, reina consorte de Francia y Navarra (1774–1791) y más tarde, de los franceses (1791 - 1792) por su matrimonio con Luis XVI.

Hija del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Francisco I, gran duque de Toscana y de su esposa María Teresa I, archiduquesa de Austria, reina de Hungría y reina de Bohemia, nació el 2 de noviembre de 1755. Es la decimoquinta y penúltima hija de la pareja imperial. De ella se encargan las ayas, gobernantas de la familia real (Mme de Brandeiss y la severa Mme de Lerchenfeld), bajo la estricta supervisión de la Emperatriz, que tiene ideas muy básicas sobre la educación de los hijos: higiene severa, régimen estricto y fortalecimiento del cuerpo. Pasa su infancia entre los palacios de Hofburg y Schönbrunn, en Viena.

La emperatriz ya se esfuerza por casar a su hija con el mayor de los nietos del rey Luis XV,el Delfín (Dauphin en francés) Luis Augusto y futuro Luis XVI, que tiene, más o menos, la misma edad que ella. Al mismo tiempo María Teresa I acaricia la idea de unir a otra de sus hijas, Isabel, con el viejo Luís XV. Se trata de sellar la alianza franco-austríaca nacida de la famosa «caída de las alianzas» concretada en 1756 por el tratado de Versalles, con el fin de neutralizar la ascensión de Prusia y la expansión de Inglaterra.

Cuando María Antonieta tiene 13 años, la emperatriz, vieja dama y viuda, se interesa más por su educación con el fin de casarla. La archiduquesa toma lecciones de clave con Gluck y de baile (francés) con Noverre. Cuando su madre elige, además, a dos actores para darle clases de dicción y de canto, el embajador francés protesta oficialmente (los actores pasan entonces por ser personajes poco recomendables). María Teresa I le pide entonces que nombre a un preceptor aceptado por la corona de Francia. Será el abad de Vermond, admirador del Siglo de las luces y aficionado a las Bellas Artes que, enviado a la corte imperial, iba a reparar las lagunas en la educación de la joven Archiduquesa y comenzar a prepararla para sus futuras funciones.

El 13 de junio de 1769, el marqués de Durfort, embajador de Francia en Viena, realiza la petición de mano para el Delfín. María Teresa I acepta de inmediato. En Francia el partido devoto, hostil por la caída de las alianzas llevada a cabo por el duque de Choiseul en favor del enemigo sempiterno, llama ya a la futura Delfina "la Austríaca", sobrenombre que le había sido dado por las hijas del rey Luis XV.

 

 

 

                                                                                                                        Retratada por Vigee Lebrun en 1778.

 

Vida en Francia


En 1770 contrajo matrimonio, por poderes, con el delfín de Francia, Luis, que subió al trono en 1774 con el nombre de Luis XVI. No obstante, la nueva soberana de Francia nunca tuvo a su marido en gran estima, y mucho menos estuvo enamorada de él.

El Rey tenía veinte años cuando subió al trono; era alto, rechoncho, torpe y tímido; la caza era para él más interesante que cualquier otra cosa, incluidos los asuntos del Estado. La bondad y la buena voluntad eran sus virtudes, pero ambas se veían opacadas por una inteligencia bastante mediana y un carácter pusilánime.

María Antonieta, por otro lado, a quien su madre no dejaba de aconsejar por carta para que se interesara por el gobierno de su país, rindió sus buenas cualidades ante la pereza y vanidad. Jamás quiso molestarse por dirigir la política francesa y sí, en cambio, llamar la atención en el campo de la coquetería, los trajes, los peinados, los bailes y los juegos, que eran su mundo.
 

Los despilfarros de la corte eran exagerados


Al principio del reinado se había intentado resarcir la economía, pero los programas, como los «pactos», no habían tenido efecto práctico alguno. Había infinidad de cargos palaciegos; la casa civil del rey estaba compuesta por 4,000 personas , y, la militar por 10,000 gentes.

Además, los sueldos reglamentarios, las pensiones y los donativos, los subsidios y los sobresueldos ocasionaban grandes dispendios. Por ejemplo, en una semana se llegaban a otorgar 128,000 libras de pensión exclusivamente en lo que concernía a las damas de la corte.

La reina, que no contaba con el favor de los franceses por ser extranjera, hizo aumentar su impopularidad por su lealtad a los intereses austriacos, la mala reputación de algunas de sus amistades y su extravagancia, a la que se achacaron los problemas financieros del gobierno.

 

 

 

 

 

7 años de matrimonio sin consumar


El 19 de diciembre de 1778 nacería una princesa y, aunque no era el ansiado heredero al trono, las fiestas fueron innumerables. El 22 de octubre de 1781 nace el delfín Luis José (llamado Luis José Javier Francisco). El 27 de marzo de 1785 nace su tercer hijo, Luis-Carlos (Luis XVII), duque de Normandía. El 9 de junio de 1787 nace su última hija Sofía Beatriz (María Sofía Helena Beatriz) que murió con un año de vida de tuberculosis.

María Antonieta, al menos algo había cambiado, aunque no del todo. Cariñosa y amable, sintió desde el primer momento los impulsos del amor maternal, pero no por eso abandonó su vida de diversiones. Las reuniones del Trianón continuaron. Los despilfarros siguieron igualmente y en mayor cantidad.

Una verdadera campaña de desprestigio se monta contra ella desde su acceso al trono. Circulan los panfletos, se la acusa de tener amantes (el conde de Artois, su primo o el conde sueco Hans Axel de Fersen) e incluso de mantener relaciones con mujeres (con la condesa de Polignac o la princesa de Lamballe).
 

En julio de 1785 estalla el "caso del collar"


El joyero Bohmer reclama a la reina 1,5 millones de libras por un collar de diamantes encargado en nombre de la soberana por el cardenal de Rohan. Ella no se hace responsable. Insiste en arrestar al cardenal. El rey confía el asunto al Parlamento que determina que la culpa corresponde a un par de aventureros, Jeanne Valois de La Motte y su marido, y disculpa al cardenal de Rohan. La reina, aunque inocente también, es tratada con gran desconsideración por el pueblo.

María Antonieta toma conciencia, por fin, de su impopularidad y trata de reducir sus gastos, especialmente los de su mansión, lo que provoca nuevas críticas y un gran escándalo en la corte cuando sus favoritos se ven privados de sus cargos.

Es acusada de estar en el origen de la política anti-parlamentaria de Luis XVI y de nombrar y destituir a los ministros. En 1788 es ella la que induce al rey a despedir al impopular Loménie de Brienne y sustituirle por Necker.

En 1789 la situación de la reina es insostenible. Corre el rumor de que Monsieur (futuro Luis XVIII) habría depositado en la asamblea de los notables de 1787 un dossier que probaba la ilegitimidad de los infantes reales.

El abad Soulavie en sus Mémoires historiques y politiques del reinado de Luis XVI, escribe que se pensaba que María Antonieta "se llevaría con ella todas las maldiciones del pueblo y que la autoridad real sería, por este motivo, total y súbitamente regenerada y restaurada".

El 10 de agosto de 1792 se produce la insurrección


Las Tullerías son asaltadas, el rey se refugia en la Convención, que vota su suspensión provisional, y ambos son internados en el convento de los Feuillants. Al día siguiente, la familia real es transferida a la prisión del Temple. Allí moriría, casi dos años más tarde, su segundo hijo varón, a los diez años de edad, conocido como Luis XVII, aunque por supuesto nunca reinó.

Durante las matanzas de septiembre, la princesa de Lamballe, víctima simbólica, es salvajemente asesinada y su cabeza se exhibe en la punta de una pica, paseándola por delante de las ventanas tras las que se halla María Antonieta.
 

  
 
 
Ejecución

El 26 de diciembre la Convención vota a favor de la muerte de Luis XVI, que es ejecutado el 21 de enero de 1793. El 14 de agosto de 1793, María Antonieta es puesta a disposición judicial ante el Tribunal revolucionario, presentándose como acusador público Fouquier-Tinville. Si en el juicio de Luis XVI se había intentado guardar las apariencias de una cierta equidad, no se hizo así con el proceso a María Antonieta.

Fouquier-Tinville pide la pena de muerte y declara a la acusada: "enemiga declarada de la nación francesa". Los dos abogados de Maria Antonieta, Tronçon-Ducoudray y Chauveau-Lagarde, jóvenes e inexpertos, desconociendo el dossier, sólo pueden leer, en voz alta, algunas notas que han podido redactar.

Al mediodía del día siguiente María Antonieta es guillotinada, sin haber querido confesarse con el sacerdote constitucional que le habían propuesto. Fue enterrada en el cementerio de la Madeleine, calle de Anjou-Saint-Honoré, con la cabeza entre las piernas.
 

María Antonieta por Kucharski, su último gran retrato

Nunca estuve muy de acuerdo con la mirada que Stefan Zweig tiene de Marie Antoinette. Incluso varios de sus comentarios me chocan. Sin embargo, esta descripción del último cuadro que ella dejó hacerse en las Tullerías, nunca terminado a partir de la huída a Varennes, me parecio tierna. Por eso mismo se las dejo para compartir:




«¿Cuándo serás por fin tú misma?», le había siempre preguntado desesperadamente la madre. Ahora, con los pri­meros cabellos blancos en las sienes, María Antonieta ha llegado por fin a ser ella misma.
Esta plena transformación la atestigua también un retrato, el único y último que la reina se dejó hacer en las Tullerías. Kucharski, un pintor polaco, trazó un fácil bosquejo que la huida a Varennes le impidió terminar; no obstante, es el más acabado que poseemos. Los retratos de etiqueta de Wertmüller, los de salón de madame Vigée-Lebrun, se esfuerzan incesantemente por recordar al que los mira que aquella mujer es la reina de Francia. Con magnífico sombrero adornado de soberbias plumas de avestruz sobre la cabeza, deslumbrante de diamantes, el vestido de brocado, aparece el personaje cerca de su trono de terciopelo, y hasta los que la han representado en un traje mitológico o campestre han consignado, en cualquier detalle, un signo visible que hace saber que esta señora es una elevada dama, la más alta del país, la reina. Este retrato de Kucharski deja a un lado todas estos maravillosos ropajes: una mujer opulenta y hermosa se ha sentado ante un espejo y mira soñadora ante sí. Parece un poco cansada y agotada. No se ha puesto ninguna gran toilette, ningún adorno: ninguna piedra preciosa sobre su escote, no se ha preparado especialmente; han pasado los artificios de comediante, ya no es tiempo de ello; la aspiración de agradar se ha trocado en tranquilidad, la vanidad en sencillez. Rizados y naturales caen los cabellos, dispuestos sin estudio, en los cuales brillan ya las primeras hebras de plata. Con naturalidad pende el traje de los hombros, siempre redondos y lucientes, pero nada en su actitud está buscado para producir un efecto de seducción. La boca ya no sonríe, los ojos ya no solicitan admiración; aparece, en una especie de luz otoñal, todavía hermosa, pero ya de una belleza suave y maternal; en un crepúsculo entre el deseo y la renuncia, como mujer entre dos edades, ya no joven y todavía no vieja; ya no deseosa y, sin embargo, aún deseable; así mira, soñadoramente, delante de sí esta mujer. Mientras que en todos los otros retratos se tiene la impresión de una mujer enamorada de sí misma y que en medio del curso de sus bailes y risas se ha dirigido por un momento, a toda prisa, hacia el pintor, para volver rápidamente a su atur dido vivir, se percibe aquí que esta mujer se ha vuelto tranquila y que ama la calma

 

Su muerte. Ejecución.
Según las observaciones de Loye en decapitados, la cabeza separada del cuerpo conserva durante dos o tres minutos una calma absoluta y después de este periodo se producen a veces movimientos espontáneos de la cara con apertura y cierre de la boca, oscilaciones de los ojos. Goncourt, citado por Varigny, de quien tomo estos datos, dice que “algunos decapitados, después de 45 minutos de la muerte, si se les pinza en el pecho, llevan la mano al lugar del pinzamiento con un movimiento vivo.

La tradición cuenta de la Reina María Antonieta que cuando fué decapitada, el verdugo orgulloso de su obra, cogió la cabeza por el resto del cabello que le habían dejado y levantándola en alto, la mostró a la muchedumbre y para más escarnio, le abofeteó el rostro. Y sigue contando la tradición que el rostro se sonrojó y la cabeza “se quejó”.

 

 

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